miércoles, 3 de abril de 2013

He dicho porque me lo han dicho cuando lo he sentido


Hay indignación, rabia y pena en el aire que respiramos y que utilizamos como sustento para nuestra vida.

Cada cosa que vemos, que pensamos, analizamos, cómo reaccionamos y qué decidimos, está todo contaminado por este aire; está todo fundado en sentimientos que no se condicen con el valor humano. Y no es que el humano tenga un "valor" cuantificable ni medible, es "valor" humano aludiendo al respeto de los unos con los otros reconociéndonos como iguales. Es un valor que no tiene precio.

¿Cómo puede ser que hagamos cosas por rabia o por odio?
- La pena se salva del juicio, porque podemos verla como una escasez de amor que se traduce en la angustia del alma, pero no puede ser que las almas de la humanidad estén condenadas a vivir en angustia sabiendo que amar es la única y exclusiva receta para la felicidad de cada uno con el resto. -

Y no es que sea nuestra culpa.

¿Cómo se supone que reaccionemos a partir del amor si respiramos rabia? Resulta difícil -pero no imposible- la idea de devolver amor luego de haber recibido odio.

Pero es nuestra culpa.

Porque hay algo aun más grave que comienza a acontecer luego del desvirtúo de estos sentimientos colectivos e individuales; el odio y la pena no se han ido y no irán nunca, pero el acostumbramiento a ellas invita a la fiesta a la indiferencia.

Letal.

La indiferencia es el mejor método de autogenocidio de las personas.
Si hubiésemos sido indiferentes frente a lo que nos rodea desde nuestros inicios, no conoceríamos ni el fuego. Cómo inventar la rueda si nos da lo mismo no poder movernos, para qué aprender cosas nuevas si puede ser que esté bien así como estoy, por qué usar un abrigo cuando hace frío... Para qué, cómo y por qué amar al otro si no lo conozco.

La indiferencia mata lo humano de las personas, o lo personal de los humanos, o la esencia de quienes somos.

Si tuviésemos una agrupación de "personas" completa y totalmente indiferente por lo que acontece a su alrededor no sería muy distinto de estar frente a un puñado de arena. O para no ser tan drásticos podría homologarse a un conjunto de máquinas, que trabaja, que cumple los objetivos que alguien más le ha impuesto pero que no razonan frente a lo que está pasando ni se preocupan por la propia evolución.

Ese sí que es el cáncer de la sociedad actual: la indiferencia.

Se inicia individualmente: egoísmo. Es el desinterés por lo demás consecuencia del excesivo y exclusivo interés por el sí mismo.

Y, sinceramente, es ridículo.

Cómo puede ser que tantas personas estén más interesadas en sí mismas que en los demás, poniendo sus intereses antes que el otro y velando por la felicidad personal antes que la global siendo que es imposible lograr esto si, en realidad, no seríamos nada si no estuviésemos en sociedad.

Es muy cierto que el objetivo no es el fin, sino el camino. Pero eso no quita que debamos tener un fin claro, puesto que esa es la única manera de encauzar nuestro camino que, a fin de cuentas, nos irá definiendo en cada acción, conducta y reacción.

Entonces, pareciera que estamos deambulando por un camino en donde reina el egoísmo y la indiferencia y está encaminado a algo que no cabe dentro de la lógica de la convivencia humana. En otras palabras; estamos conduciéndonos hacia la nada, hacia un acantilado de desolación. Y, ojo, que el tiempo sea infinito no quiere decir que el nuestro lo sea. Podrán ser muchas las generaciones que caminen por este sendero, y podrá tener una longitud casi inmensurable, pero sigue siendo caduco; llegará el momento en el que este camino se sature y llegue a su fin. Junto con el nuestro, invitados a habitar en el vacío.

Y he allí la precisión.
La raza humana no va a dejar de existir por quizás cuántos años más, pero las características humanas y únicamente humanas, nuestra esencia, nuestra capacidad de crear emociones, estados, reacciones, conductas y adaptaciones es lo que terminará por desaparecer.

Todo gracias a la indiferencia.
Lo humano de los humanos, desaparecerá. ¿Qué quedará? Supervivencia, egoísmo, perfeccionamiento mal encauzado, soledad, acompañamientos reducidos a la necesidad básica, individualidad por sobre todas las cosas y un norte que no es un norte.
Qué pena que quizás llegue el día en el que a nadie le dé pena.

Existe un principio que rige la vida comunitaria y en sociedad, y es el del espíritu fraterno, frente al que se cometen incontables delitos momento a momento, cada vez que caemos en intentar crear leyes que deshumanicen a las personas con las que debiésemos tratar en lugar de aislarlos y que le quitan la naturaleza esencial al sistema en que hemos llegado a vivir.

Y es que no debemos seguir una norma para poder vivir, la norma existe gracias a que nosotros vivimos.
El día en que nuestros dos ojos basten para mirar a los ojos de todos y nuestro único corazón reconozca que es capaz de amar a cada una de las personas, será el día en que ya no sabremos qué hacer, porque pareciera que nos gusta vivir ahogados en complicaciones.

1 comentario:

Roger Dodger dijo...

Esto fue muy bueno. Estoy totalmente de acuerdo en que la indiferencia está arruinando la sociedad en su conjunto. El ingenio humano es lo que nos ayuda a evolucionar. El problema, al parecer, es que somos "evolución" en una sociedad capitalista donde se diseña cada avance humano para la obtención de beneficios e individual. Nada es desarrollado por el conocimiento puro y todavía tenemos los problemas básicos de nuestros antepasados.

El hambre, por ejemplo. Si no fuera por la indiferencia, no habría hambre en el mundo. Si todo el mundo se preocupaba por todo el mundo, no hay manera de que un niño en este planeta iba a dormir el hambre. Tenemos tantas cosas, pero lo guardamos para nosotros mismos sin ninguna razón. Es muy triste.